Candelario despide al párroco Abel Ocampo

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Abel Alexander Ocampo Higuita

 

Recientemente se despedía Abel Ocampo, párroco de Candelario y Navacarros donde ha trabajado más de tres años.

Durante la Eucaristía se leyó una carta de despedida que nos envía un lector para que la publiquemos:

«Muchachos, antes de terminar, sentaos un poco y regalarme unos minutos, una media hora nada más».  He querido empezar con estas palabras que tantos domingos hemos escuchamos de tu boca, cuando al terminar la eucaristía, quieres que estemos atentos a esos avisos parroquiales que tienes que dar; ahora soy yo quien te pide a ti que estés atento a este recorrido que voy a hacer por algunos momentos de tu paso por Candelario, bueno, mejor dicho por España.

Cuando te hablaron de España, por tu mente pasaron cientos de cosas pero quiero recordarte una; te dijeron: en España todas las personas serán altas, rubias y con ojos azules. Y he de decir que cuando llegaste a Candelario a las primeras personas que viste eran las más bajitas del pueblo, así que se rompieron los esquemas que te habías hecho de nosotros. Después de esta precisión, vamos a empezar por el principio:

Llegaste hace 4 años a una diócesis pequeña, situada en Extremadura y Castilla y León. Imagino que cuando oyeras estos nombres, ni idea tendrías de dónde estaban ni siquiera las situarías en el mapa. Pero bueno, cogiste tu maleta y a España que te viniste. A Madrid fue a buscarte, un cura inconfundible, aunque quizá le preguntaras si era Francisco Rico, porque habías recibido algún documento firmado por él. Subiste al coche del cura inconfundible y te trajo hasta Plasencia. Allí tendrías tu primer encuentro con el obispo para encomendarte la misión en el norte de su diócesis, vendrías al arciprestazgo de Béjar para compatibilizar la tarea pastoral en alguna parroquia con tus estudios en Salamanca.

Nada más llegar a Béjar, te diste cuenta de que ibas a pasar un poco de frío, tendrías que proveerte de buenas cazadoras y abrigos, porque el invierno es muy largo y frío.

Durante el primer año, estuviste en El Pilar y San José de Béjar y fue durante esta estancia cuando te acercaste por primera vez a Candelario. Seguramente no te acuerdes, pero viniste en un día muy especial para todos los hijos de este pueblo, viniste a la fiesta del Cristo del Refugio. Creo que ahora ya te habrás dado cuenta de la importancia de esta fiesta para nosotros.

Poco tiempo después, las necesidades diocesanas te llevarían a ser párroco de Candelario y Navacarros hasta el día de hoy.

Como a todo el mundo dirías, te costó acostumbrarte a la vida en Candelario, pero también tengo que decir que no lo parecía, porque desde el primer momento has sido uno más de nosotros, tenías una palabra para cualquier persona que te encontraras por la calle, daba igual que fuera un niño, un joven o un mayor. Con todos has hecho buenas migas. De repente, lo mismo organizabas una excursión a Puente Nueva con los jóvenes y estos te animaban a darte un baño en aquel agua tan fría, que te ibas de caza con el grupo de cazadores del pueblo, o subías a la sierra en moto o andando.

He de recordarte también los nombres tan raros con los que llamas a algunas personas: Manola, Celeste, Emiliana, Marianito y alguno más que ahora no recuerdo, para demostrar tu cariño a los habitantes del pueblo.

Si nos paráramos a pensar en cada uno de los días que con nosotros has estado, estaríamos aquí mucho rato, escucharíamos miles de anécdotas que entre nosotros te han pasado. Aquí va alguna de ellas para que pases un buen rato: la nieve y el pelo canoso, el ataúd que te imaginas con alguien muerto dentro, los monaguillos haciendo de las suyas, los niños y sus comentarios inocentes cuando les preguntas en las homilías, el día que apareciste con el mercedes.

Algo que no puedo dejar olvidado son las homilías que tanto nos han enseñado, las cientos de citas bíblicas que nos has dicho para que leamos y  descubramos las maravillas de Dios.

Seguro que con esto has recordado una y mil cosas que te han pasado entre nosotros, buenos y malos momentos que aquí has vivido y que a partir de ahora siempre estarán en tu recuerdo.

No puedo terminar, primero sin dar gracias a Dios por ponerte en Candelario, por pertenecer a nuestra vida cristiana durante estos años; por haber sido nuestro sacerdote, nuestro confidente y nuestro amigo.

Gracias también a ti, Abel, por hacerte uno más entre nosotros, por recorrer nuestras calles con una sonrisa en la boca y una palabra de aliento. Por acompañarnos en los buenos y malos momentos. Por ser el sacerdote de Candelario.

Espero y deseo que en tu nuevo destino sigas enseñando eso que sientes desde muy dentro, ser de Dios y para Dios. Que sigas queriendo a los feligreses que tengas como nos has querido a nosotros; que trasmitas a los seminaristas, a los que vas a dar clase tu testimonio porque es la mejor forma de enseñar y te lo digo por experiencia.

Seguro que también has aprendido y recibido muchas cosas de nosotros, pero queremos que te lleves algo muy importante y querido  para el pueblo de Candelario, el Cristo de Refugio, por ello te hacemos entrega de esta foto para que no olvides nunca tu paso por aquí. Él será tu protección  guía en tu camino.

Gracias de nuevo Abel por tu paso entre nosotros»

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